
MI ENSAYO LITERARIO



Así pues, pensar en el acoso callejero no solamente se limita a una práctica, pues hay que ver el panorama completo. El acoso callejero es el monstruo invisible que acecha al subir al bus, en lo alto del andamio o en la línea congestionada del metro; anunciándose normalmente con un silbido y un piropo indecoroso; sus ojos llenos de una expresión lasciva persiguen aún a kilómetros de distancia y rasgan la espina dorsal con sus garras heladas. Sus víctimas suelen llegar a casa aterrorizadas de suponer lo que habría sucedido si las hubiera alcanzado, y en ocasiones derramando lágrimas de miedo y dolor por aquellas que no fueron lo suficientemente rápidas. Entender la aparición de este monstruo requiere de herramientas como el complejo-R propuesto por Paul MacLean, que, si bien esta hipótesis ha perdido terreno en el campo de la neurociencia; cumple su propósito de referente ante un remanente primitivo en el hombre, estrechamente arraigado a sus necesidades primigenias de caza y reproducción; una especie de "tortugas marinas volviendo al terreno de crianza".


EL DESASTROSO MONSTRUO SOCIAL
-Alicia Pantoja (2021)
Haciendo memoria a diversos aspectos de la vida, me topé con uno en especial que personalmente me resulta injustificable y difícil de comprender, así entonces, indagué en la red una definición contundente que de primera mano definiera lo que miles de mujeres sienten al encontrarse de frente con aquel monstruo que acecha las calles en busca de alguien para desnudar sin tocar. El Observatorio Contra el Acoso Callejero de Chile define el acoso callejero como prácticas de connotación sexual ejercidas por una persona desconocida en espacios públicos como la calle, el transporte o espacios semi públicos que suelen generar malestar en la víctima. Sin embargo, las definiciones técnicas no le hacen justicia y aunque no tengo experiencia en asuntos legales ni en definiciones tipo RAE, me tomé el atrevimiento de desarrollar una definición que quizá permita una mejor familiarización de este particular.

El acoso callejero recurre al uso de máscaras para continuar su cacería, pasando por el repartidor coqueto que pide un beso como propina a la chica que hizo el pedido, hasta el desafortunadamente clásico "Ahí va todo lo rico, mami" que miles de damas deben soportar por parte de aquellos atrapados en el complejo-R o fase reptil de su cerebro y hacen alarde de estas actitudes como un sinónimo de virilidad y hombría, rozando extremos delicados como el roce de genitales, trasero o incluso la masturbación pública.
Es posible que al leer este vago escrito te encuentres con la terrible noticia que sin saberlo, también has sido una presa más de aquel cazador de las calles y en medio del pánico y la culpa, normalizaste lo que sentías sin darle importancia; pues, sin notarlo, inconscientemente buscas en tu armario los jeans más anchos antes de salir para evitar las engendradas miradas y comentarios, o caminas encorvando la espalda cuando pasas frente a un grupo de potenciales amenazas. La pregunta podría ser: ¿cómo identificar a un monstruo? ¿Cómo saber quiénes son y dónde encontrarlos? La respuesta es simple: no hay forma de identificarlos hasta que ya ha sido muy tarde; porque como mencioné, este ente hace uso de sus máscaras, y recurre al pensar de Heráclito que versa: "a la naturaleza le gusta esconderse" para estar entre nosotros a plena vista.
Por otro lado, el sociólogo argentino Gino Germani hablaba de la actitud como una disposición psíquica que llega a organizarse en el individuo a través de la experiencia. Es decir, que adquirida a través de una combinación de estímulos biológicos y socioculturales específicos no será igual la actitud que asumirá ante un "halago" no deseado una mujer criada en el seno de América del Sur en pleno 2021 a su coterránea de 1940, ni la contemporánea de la primera nacida en el corazón de Egipto o la de la segunda, oriunda de Japón, o incluso a la gitana enseñada a ser sumisa a un potencial marido. Pues este fenómeno, o como quiero definirlo aquí, este monstruo, es tristemente sempiterno.
Si bien, no hay distinción de etnia, de tiempo, de lugar o de edad; la gran mayoría de víctimas de este monstruo son mujeres, y sus victimarios hombres. Y aunque es importante acotar que, podría haber factores biológicos implicados, no es indicativo de que todos los hombres son cazadores, ni todas las mujeres presas. Sin embargo, es una realidad que en muchos casos termina siendo normalizada por las víctimas que mientras crecen y se hacen sitio en esta sociedad hecha para aquellos que no pertenezcan al "sexo débil", deben aprender de diversas tácticas anti acoso; a poner las llaves entre los dedos y a escoger ropa ancha, aprender a caminar sin contonear las caderas y "saber" qué calles son más concurridas en ciertas horas para evitar situaciones incómodas; y por desgracia esas situaciones no se hacen extrañar por mucho tiempo porque sorpresivamente aquel monstruo pluriforme no le teme a los rayos del sol, ni al frío de la noche, pues no necesita dormir y se alimenta del temor.

No obstante, el complejo reptiliano no es el único pilar que refuerza y afila las garras de este monstruo de las calles; el individualismo que como "seres sociales" hemos desarrollado, hace caso omiso en la gran mayoría de los casos a estos terribles ataques, dejando a sus víctimas frente a un debate de moralidad y culpas que termina inclinando la balanza a favor del acosador quien se aleja con aires de satisfacción de la escena del crimen en busca de una nueva presa. Podríamos considerarlo hedonismo o egoísmo natural, pero, el hedonismo, al menos en el planteamiento expuesto por Hobbes centra su concepto en el principio de toda actuación, su móvil exclusivo, es la propia conservación biológica. Es el hedonismo individual, un egoísmo natural, el que explica finalmente el comportamiento humano y muy seguramente también lo justifique. Sin embargo, ¿hasta qué punto o desde qué punto se puede considerar el acoso como un elemento de supervivencia?

La complejidad del raciocinio tiene múltiples vectores que son analizados por corrientes como el conductismo propuesto por Watson, que junto al funcionalismo darwiniano, hacen hincapié en la concepción de que el individuo se adapta al ambiente. Las bases filosóficas de esta corriente exponen al ser humano como un "lienzo en blanco" en el que se imprimen datos como copias. Así, cobra sentido el por qué de movimientos progresistas en contra de estigmas arcaicos de supremacía masculina siguiendo códigos de conducta generalmente rígida e insensible, frente a la sumisión femenina considerada erróneamente en muchos casos como insulsa, débil e inferior.
Hemos entonces de reflexionar respecto a ese monstruo silencioso, antiquísimo quizá como la sociedad misma, que lleva ya unos cuantos milenios de existir, y con ella sus demonios, que han ido apareciendo uno a uno a lo largo de los años. La sociedad misma es encargada de mantenerles a raya en busca de acercarse a la utopía, pero hasta que el día llegue, a levantar las antorchas contra el monstruo y gritar juntos: ¡Ni una más!